"El mal hijo": el debut de Jaime Lorente como director entre aciertos y lugares comunes
El debut de Jaime Lorente detrás de la cámara llega con "El mal hijo", un drama que arranca desde un lugar auténtico: un niño abandonado por su padre que termina viviendo con su abuela y construye con ella un vínculo que la película retrata con naturalidad y ternura. Ese primer tramo tiene escenas que funcionan, con momentos de infancia filmados con sensibilidad y un pulso narrativo que invita a seguir.
El problema aparece cuando la historia da un salto temporal y el protagonista, Rubén, llega a la adultez. Ahí el tono cambia por completo. El relato abandona el terreno emocional que lo sostenía y se adentra en un universo de tráfico de drogas, mafias y persecuciones. Los recursos que antes parecían propios y específicos se convierten en fórmulas reconocibles del cine negro y el thriller.
Lo que se pierde en ese giro es la singularidad. Algunos detalles del primer tramo, como una ceremonia vista por una puerta entreabierta o una conversación entre niños al anochecer, quedan en la memoria precisamente porque no buscaban efectismo. En la segunda mitad, los momentos dramáticos se acumulan con una insistencia que termina por desgastarlos.
Lorente demuestra criterio en la composición de algunos planos y hay indicios de una mirada propia, pero la inexperiencia se nota en la dificultad para sostener la tensión en las escenas de acción y para dar espesor a los personajes secundarios, que quedan como figuras de género sin demasiado desarrollo.
La película no es un fracaso rotundo. Hay trabajo honesto detrás de la cámara y un elenco que responde. Pero entre lo que prometía y lo que entrega existe una distancia considerable. El camino del cine negro que elige en su segunda parte ya fue recorrido muchas veces con más convicción.
¿Creés que los actores que dan el salto a la dirección deberían apostar por historias más personales, o el género es un terreno válido para un primer largometraje?
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