Enfermedades cardíacas en mujeres: síntomas atípicos que demoran el diagnóstico y riesgo creciente
Las enfermedades cardiovasculares causaron 19,8 millones de muertes en el mundo en 2022 y representan el 35% de todas las muertes femeninas a nivel global. No son, como se suele creer, una amenaza exclusiva para los hombres o para las mujeres mayores: los casos en mujeres en edad reproductiva pasaron de 2,77 millones en 1990 a 4,49 millones en 2021, un aumento sostenido que la investigación cardiovascular ubica como una de las tendencias de salud más preocupantes de la década.
Un cuadro clínico diferente
El infarto masculino suele tener una presentación reconocible: dolor opresivo en el pecho que puede irradiar al brazo izquierdo. En las mujeres el cuadro es más difuso. Los síntomas más frecuentes incluyen fatiga inusual, náuseas, sudoración fría sin causa aparente y presión o molestia en la mandíbula o el cuello. Esa diferencia tiene consecuencias clínicas concretas: la mortalidad intrahospitalaria por infarto grave alcanza el 3,1% en mujeres menores de 55 años, frente al 2,6% en hombres de la misma franja etaria. La brecha refleja diagnósticos que llegan tarde.
El embarazo como factor de riesgo cardiovascular
La preeclampsia, una complicación hipertensiva del embarazo, dejó de ser un problema exclusivamente obstétrico para convertirse en una señal de alerta cardiovascular. La evidencia acumulada indica que quienes la padecen tienen un riesgo cuatro veces mayor de desarrollar insuficiencia cardíaca en el futuro y el doble de probabilidades de sufrir enfermedad coronaria o un accidente cerebrovascular. Un antecedente que solía archivarse tras el parto debería integrarse al historial cardíaco de toda mujer.
La proyección a 2050
Si las tendencias actuales no se revierten, para 2050 casi un tercio de las mujeres de entre 20 y 44 años tendrá enfermedad cardiovascular y el 59% padecerá hipertensión. Esos números señalan una ventana de prevención que todavía está abierta: actividad física regular, control del peso, alimentación equilibrada y chequeos periódicos que tomen en cuenta el historial reproductivo.
Los factores de riesgo modificables —tabaquismo, sedentarismo, hipertensión, diabetes, obesidad— siguen siendo la palanca más eficaz. La dificultad está en que se combinan con variables biológicas propias del sexo femenino que la investigación médica todavía está terminando de caracterizar.
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